miércoles 12 de marzo de 2008

La religión y la razón

Hoy, mientras venía a casa, escuché en la radio uno de los tantos Mensajes a la Conciencia del Hermano Pablo, que he escuchado una que otra vez desde que tengo memoria.

Por cierto, me he enterado que el Hermano Pablo, debido a su avanzada edad, ya no produce personalmente este espacio religioso sino que se lo ha encargado a un miembro de su fundación.

A lo que iba, durante la emisión del programa radial, se relataba la siguiente historia:
El señor Chester Shuler hacía un largo viaje por ferrocarril. Sentado solo, en el asiento frente a él, iba un pequeño niño de unos cinco años de edad. El aspecto tranquilo y sereno del niño indicaba cierta seguridad y confianza no muy común en un niño de esa edad que viaja solo. El señor Shuler se inclinó hacia el niño para conversar con él.

—¿Viajas solo, hijo?

—En este coche voy solo —contestó el niño con aplomo.

—¿Y no te da miedo viajar solo?

Los ojos del niño se abrieron con viveza, y con una sonrisa en los labios contestó:

—¿Miedo? No, señor. No tengo miedo.

—Te felicito por tener tanto valor —le dijo el señor Shuler—, pero a veces el tren se descarrila o choca. ¿No te da eso miedo?

El niño se mostró impaciente y, sin esconder su inquietud, se acercó al señor Shuler y le respondió al oído:

—Nada puede hacerme daño mientras viajo en este tren, señor. El conductor es mi papá.

¡Cuántas veces no nos habremos sentido solos en el tren de la vida! Temores e incertidumbres nos han invadido el corazón. Hemos vivido llenos de sobresalto y desconfianza. ¿Quién sabe si hasta hemos pensado tirarnos del tren? ¿Cuántos no se han suicidado ante la confusión de la vida? ¿De dónde viene esa desconfianza? Viene por no saber cómo conducir el tren de nuestra vida.

Es fácil perder la fe cuando nosotros mismos somos nuestro propio dios. Decimos: «Yo tomaré las decisiones en mi vida. Yo veré qué es lo que quiero hacer. Yo determinaré mi presente y mi futuro. Yo cuidaré de mí mismo.» ¿Y qué ocurre? Nuestra vida se convierte en una sola masa de confusión.

Comprendamos que no somos capaces de dirigir nuestra propia vida. Podremos por un tiempo pretender conducirla por el camino del bien, pero dos cosas ocurren: nos cansamos de tomar todas las decisiones y, cuando vemos que nuestras decisiones fallan, nos desanimamos y abandonamos el timón de nuestra vida. Es por eso que tantos se dan al alcohol y a las drogas, a la vida licenciosa y al descuido moral.

El único que nos puede dirigir de victoria en victoria es Jesucristo. Él sabe lo que necesitamos y advierte los peligros del camino.

El niño del tren se sentía seguro porque su padre era el conductor. Nosotros también podemos viajar confiados si Cristo es nuestro conductor. Invitémoslo a ser el guía de nuestra vida. Él sólo espera que le hagamos la invitación.


Después de reflexionar sobre lo escuchado, sobretodo en la conclusión que se nos ofrece, quiero compartir con ustedes algo que me parece bastante peculiar.

Notarán que se trata de desacreditar a las personas que tratan de tomar las riendas de su vida, que quieren valerse por sí mismos y dejar de ser la "carga" de alguien más. Según este mensaje a la conciencia, las personas que tratamos de hacerlo terminamos entre aquellos a los que "nuestra vida se convierte en una sola masa de confusión".

Pero si damos una rápida lectura al libro del Génesis en el Antiguo Testamento, veremos que Dios al crearnos lo hizo para que seamos libres, libres para escoger nuestro propio destino.

¿No es, entonces, que aquellos que tratamos de conducir nuestras vidas, hacemos aquello para lo que Dios nos ha creado? No entiendo entonces, cuál es el descrédito que puede tener alguien que persigue el camino que Dios le ha dado.

"Compredemos que no somos capaces de dirigir nuesta propia vida". ¿Es eso verdad o es la simple conclusión de la flojera que nos domina para engañarnos y evitar llegar a ser los seres humanos que debemos ser incluidas las responsabilidades que eso conlleva?

Si Dios, en el momento de la creación, nos dio el regalo de la libertad, ¿no creen que lo hizo porque sabe que somos perfectamente capaces de gobernar nuestras propias vidas o piensan que Dios, a quien muchos cristianos suelen llamar Padre, es tan irresponsable que nos dio la libertad a sabiendas que no seríamos capaces de lidiar con semejante regalo?

El niño se siente seguro porque su papá conduce el tren y eso está bien porque es niño; pero cuando el niño sea adulto, le tocará a él "conducir el tren".

De la misma manera, ¿prefieren engañarse y creer ciegamente que si uno se encomienda a Cristo para que conduzca su vida crecerá y madurará en su vida y en su fe, o prefieren conducir su propia vida basándose en las enseñanzas de Cristo?

Aunque les parezca lo mismo no es igual. La diferencia es clara: en la primera opción uno se deja estar, mientras que en la segunda uno actúa.

Muchos dicen que la razón y la religión están en oposición; pero yo pienso que más bien la razón ayuda a la religión a complementarse.

Ustedes amigos lectores, ¿qué opinan?